Janet Maslin New York Times
En esta novela
de suspense maliciosamente erudita, el Sr. Brown adopta el
formato que lleva desarrollando en sus tres anteriores novelas y
lo ajusta hasta la perfección de un bestseller. Desde la
publicación de Harry Potter ningún autor ha deleitado de
forma tan absoluta a los lectores más exigentes con una
búsqueda tan incesante plagada de trampas.
Tengamos en cuenta el prólogo,
ambientado en la Galería Principal del Louvre... En él se ven
involucrados en una lucha hasta la muerte un Caravaggio, un monje
albino, y un conservador del museo. Es una escena que deja pocas
dudas sobre la maestría del autor para captar el interés, ya
que el conservador del museo, Jacques Saunière, lucha por su
vida.
Cogiendo desesperadamente el
cuadro para activar el sistema de alarma del museo, Saunière
logra ganar algo de tiempo. Y utiliza estos momentos robados, que
son sus últimos momentos, para quitarse la ropa, dibujar un
círculo y colocarse como la figura que se encuentra en el dibujo
más famoso de Leonardo, El hombre de Vitrubio. Y para dejar tras
de sí un anagrama y la famosa serie numérica de Fibonacci como
pistas.
Con Leonardo compartiendo el
papel de conspirador, puesto que su vida y obra estaban tan
repletas de símbolos y secretos, el Sr. Brown se lanza a la
carrera... Se invoca al Priorato de Sión, a los Caballeros
Templarios y a la polémica prelatura del Vaticano llamada Opus
Dei, así como al pentáculo, a la Divina Proporción, a los
extraños ritos sexuales que se vislumbran en la película Eyes
Wide Shut y al Santo Grial.
El libro se mueve a un ritmo
vertiginoso, y aparentemente el autor disfruta enormemente con
sus estratagemas. Prácticamente todos los capítulos acaban con
un suspense: no es fácil, teniendo en cuenta las muchas
evidencias que se han dicho... De algún modo, el libro logra
reconciliar las muchas hazañas de la pareja de investigadores
con comentarios como: "¿Y sabías que, si divides el
número de abejas hembra por el número de abejas macho de
cualquier colmena del mundo, el resultado es siempre el mismo
número?" El código Da Vinci es lo suficientemente alegre
como para divertirse con la propia inteligencia de sus
personajes.