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Somos todos piqueteros

por Héctor Becerra
(julio 2003)
hectorbecerra@palalbedrio.com.ar

Crónica de los hechos

-"¡Rajen..., ustedes rajen que yo me quedo a dar una mano!" les ordenó Darío Santillán a su novia Claudia y a su hermano Leo que paralizados por el miedo no atinaban a nada más que a mirar a ese compañero herido al que la vida se le iba a borbotones de sangre que salían por la nariz y la boca.

El 26 de junio de 2002 la policía bonaerense disparaba sus escopetas con munición de plomo contra los manifestantes piqueteros que se alejaban del puente Pueyrredón. Uno de ellos, Maximiliano Kosteki, fue herido de gravedad en la avenida Pavón e iría a caer unos metros más adelante en el hall de la estación Avellaneda. El comisario Alfredo Fanchiotti y el cabo 1° Alejandro Acosta continuaron la persecusión de los manifestantes hasta la misma estación. Allí se encontraron con Darío Santillán que junto a otro manifestante auxiliaban a Maximiliano. Los policías los intimidaron con sus armas obligándolos a abandonar al piquetero moribundo.

En el momento que huían, los policías citados le dispararon a Darío por la espalda y a muy corta distancia con sus escopetas cargadas nuevamente con munición de plomo provocándole una herida en la región sacra que instantes después, mientras era trasladado al hospital, determinó su muerte. A varias cuadras de allí, más específicamente, sobre la avenida Mitre el sargento Carlos Leiva también baleó con plomo a varios desocupados. Fanchiotti y Acosta están detenidos, acusados de haber sido coautores de las dos muertes y de otros ocho intentos de homicidios que cometieron –según la fiscalía- siguiendo un plan común. Mientras tanto Leiva continúa prófugo.

Según Página / 12 el reclamo de las organizaciones piqueteras y de los familiares de las víctimas está focalizado en que se conozca todo lo que pasó, no sólo aquello que se permitieron reconstruir las fotografías y videos respecto de lo vivido en las calles de Avellaneda, sino también la actuación de toda la cadena de mando policial y la de los funcionarios que estaban a cargo de Seguridad. Recordemos que el comisario Félix Vega jefe de la departamental de Lomas de Zamora y el subjefe Mario Mijín se mantuvieron lejos de la escena aunque supervisando todo lo que pasaba. Con respecto a la cúpula política Manolo Quindimil, intendente de Lanús y presidente de partido Justicialista bonaerense, aseguró –siempre en la versión de Página / 12- que el comisario Vega se guiaba por órdenes que provenían de más arriba. "Más arriba" sólo puede aludir al entonces secretario de Seguridad Juan José Alvarez. Hasta aquí el relato periodístico de los hechos, trataremos de avanzar un poco más en el entendimiento de los sucesos.

¿Hubo una guerra en La Argentina?

Durante el mandato del entonces presidente Raúl Alfonsín se trabaja en el Ministerio de Defensa para encuadrar la actuación de los militares en un régimen democrático. Recordemos que en 1975, la entonces presidente de la Nación, Isabel de Perón, había firmado un decreto que encargaba a las Fuerzas Armadas la aniquilación de las organizaciones subversivas. El 24 de marzo de 1976 se produce el –por muchos- esperado golpe de Estado. Una Junta de Comandantes asume el poder y designa como presidente de facto a Jorge Rafael Videla.

La represión que pone en marcha el régimen militar se torna implacable y se lleva a cabo sin tener en cuenta los derechos de aquellos a quienes enfrentaban; esto quiere decir que por un lado los militares sostienen que libran una guerra. Pero, contradictoriamente, desde el punto de vista ideológico y mediático no se le daba a los enemigos estatuto de tales, razón por la cual se los denominaba banda de delincuentes subversivos (BDS); es decir se los trataba como criminales suponiendo equivocadamente que de esa manera no serían pasibles de Derecho. Por todo esto es que de acuerdo a las normas vigentes las Fuerzas Armadas (Ejército, Marina y Aviación) no podrán volver a intervenir en situaciones relacionadas con la seguridad interior.

Esta ambigüedad tiene su razón de ser. Para Cicerón –en la Grecia antigua- guerra significaba enfrentamiento violento. Esta definición incluye cualquier clase de guerra y hasta el mero empleo de la agresión entre individuos, lo que –comúnmente- entendemos por "duelo". En este sentido la guerra es en Europa, al menos hasta el siglo XVII, una situación típica de toda sociedad, en cualquier nivel de desarrollo que se halle. Con la creación del Estado moderno en la Europa del siglo XVIII la guerra se define como enfrentamiento hostil llevado a cabo por naciones o Estados soberanos. En Un estudio sobre la guerra Quincy Wright indica que la tradición jurídica y diplomática sigue a Cicerón con respecto a la noción de enfrentamiento violento; pero de ese concepto deben excluirse los duelos entre personas particulares, las rebeliones, los asaltos u otras formas de enfrentamientos violentos entre grupos jurídicamente desiguales. Wright saca de este concepto una definición propia: guerra es la situación jurídica que permite a dos o más grupos hostiles iguales dirimir un conflicto con la fuerza de las armas.

Es claro que en el caso argentino se trataba de dos fuerzas desproporcionadas: el Estado argentino con sus Fuerzas Armadas contra varios grupos guerrilleros armados, los principales: Montoneros y el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). De allí la pertinencia de impedirle a las Fuerzas Armadas su participación en conflictos de seguridad interior; sin embargo, resulta paradójico porque el ejército, la marina y la aviación –que desde siempre se han capacitado para pelear contra un enemigo, se hallan exentas de actuar contra sus propios conciudadanos; entonces interviene la policía, pero resulta que lo hace siguiendo los mismos cánones con que actuaron las Fuerzas Armadas en el pasado. Como en esos clásicos cuentos infantiles que repiten insistentemente las truculencias del despedazamiento, los policías amparados en la falta de una sanción jurídica –recordemos las leyes de Obediencia debida y Punto Final- se encargan de perpetuar una violencia superlativa: hacer desaparecer al otro.

Una cultura de la desaparición

¿Cómo ve un policía a un piquetero? ¿Para él es un enemigo, o un conciudadano? Maximiliano Kosteki ingresa herido al hall de la estación Avellaneda. Un enemigo lastimado, vencido, justamente por su incapacidad de confrontar, deja de ser un enemigo. El Derecho de guerra permite matar en combate; pero si se mata a alguien desarmado, o rendido, se está cometiendo asesinato. La dureza de la guerra ha provocado consenso para la creación de una serie de normas y convenciones mediante las cuales quedó restringida la beligerancia. El acuerdo de Ginebra de 1929 relativo al trato de prisioneros de guerra constituye un logro fundamental, tal vez el más relevante, en un proceso que en parte responde al interés propio, aunque también obedece a consideraciones religiosas, éticas y filosóficas. Pero Maximiliano Kosteki no es un enemigo de la policía, es un ciudadano que está reclamando por su derecho -y el de millones de argentinos- al trabajo. Maximiliano Kosteki es un ciudadano al que ni siquiera se le concede estatuto de enemigo. La conducta de los policías utilizando munición de plomo, disparando por la espalda, no permitiendo la rendición, ni la asistencia de heridos, habla de una fractura de todos los códigos morales, lo cual nos empuja no sólo en el camino de la sanción, sino del entendimiento.

El Otro y el otro

¿Quién es el otro para el policía? ¿Quiénes son para él el jubilado que se acerca a preguntarle por una calle, el infractor de tránsito, el chorro, la prostituta, el manifestante? ¿Y quién es su Otro? ¿Nos pueden seguir haciendo creer que todo se reduce a obedecer al superior, al funcionario de turno, a la corporación, a la ideología; o son ellos su propio mandamás? Como dice Jean Baudrillard en La transparencia del mal: "En la indeterminación el sujeto ya no es ni el uno ni el otro, solo es él Mismo". Absolutamente coherente con los hechos que observamos, ya que el policía no quiere confrontar con el otro, sino hacerlo desaparecer.

El otro día escuché en un noticiero de la TV una anécdota de la guerra de Malvinas. Resulta que un oficial inglés se acerca a un grupo de soldados argentinos que estaban prisioneros para anunciarles el fin de las hostilidades; entonces, les dice: "Muchachos la guerra ha terminado, ustedes van a poder volver con sus padres, nuestros soldados volverán con sus mujeres..." . Como si la condición de enemigos que –para el oficial inglés- tenían los argentinos no le hubiera impedido ver que además de combatientes eran niños que nuestros ilustres generales mandaron a enfrentar a hombres, a soldados profesionales. ¿Quién es el otro, aún estando en guerra?

La posibilidad de descubrir que el otro puede ser un enemigo; pero, además, un niño, un hijo, un derrotado, resulta verdaderamente apaciguador. No parece haber sido el estado de ánimo de los militares ayer, ni el de los policías en la actualidad. Ellos parecen estar viviendo en un infierno paranoico donde el otro resulta ser siempre el Mismo. Es como si los desaparecidos retornaran en la figura de los desocupados y ahora habría que hacerlos desaparecer a ellos. Es como si los piqueteros vinieran a encarnar a aquellos zurdos que pretendían librar una guerra de guerrillas, la guerra de los débiles contra los fuertes, para liberar luego una zona del país donde poner una bandera roja y declarar un nuevo Estado comunista.

Nos parece esencial repasar aunque más no sea someramente algunos sucesos históricos como para tratar de llegar a un mínimo entendimiento de aquello que puede estar alimentando la vigencia de ese infierno paranoico que hoy – a raíz de la asunción de Néstor Kirchner a la presidencia de la Nación- le hace decir a la ex actriz y actual conductora Mirta Legrand: "Se viene el zurdaje"; o Julio Ramos que titula en su Ámbito Financiero: "La izquierda avanza en el copamiento del país" para referirse a Raúl Zaffaroni, el abogado encargado de integrar la Corte Suprema de Justicia.

Vigencia de la Doctrina de Seguridad Nacional

En junio de 1950 Corea del Sur es invadida por tropas del régimen comunista del Norte. Truman, el presidente de EE.UU. anunció que el país intervendría en el conflicto. Esta guerra produjo en el ánimo del pueblo norteamericano una psicosis anticomunista. El senador de aquel país, Mc Carthy intentó sacar provecho de esos temores dirigiendo numerosas investigaciones sobre supuestas infiltraciones comunistas primero en organismos gubernamentales y luego se apuntó a periodistas, actores, etc. Fue una época donde en EE.UU. se produjeron los peores abusos a las libertades civiles. Mientras el presidente Kennedy tuvo como preocupación fundamental restaurar los derechos vulnerados en el fuero interior, hacia el exterior –principalmente hacia Sudamérica- se terminaba exportando una Doctrina de Seguridad Nacional.

Claro que existió una revolución cubana que concluyó con el establecimiento De Fidel Castro en el poder y que en el año 1962 se produjo la crisis de los misiles. Y hubo una Guerra Fría y un conflicto con Vietnam que pueden haber alimentado los temores de los norteamericanos; pero también es cierto que ya hace más de diez años se produjo la caída del régimen comunista de la Unión Soviética y con ello todas las aspiraciones imperialistas que pudieran tener su política internacional.

Es cierto que el temor paranoico no se disuelve sencillamente diciéndole al atemorizado que sus fantasmas son imagi narios. ¿Cómo restarle entonces vigencia a una Doctrina que desde hace más de un cuarto de siglo nos afecta a los argentinos al punto que terminamos ignorando que compartimos un suelo, una historia y un destino común?

¿Cómo ve un político a un piquetero? Los políticos tienen la certeza de algo que los piqueteros intuyen. Estos han logrado materializar una formidable fuerza social. Ellos, excluidos del mercado laboral han conseguido organizarse creando –entre otras cosas- mercados extremadamente importantes sin moneda. Recordemos que con el trueque entre cuatro y cinco millones de personas han sobrevivido sin dinero material. Los piqueteros con su forma de protesta han capitalizado una fuerza social; pero ellos no han permitido que esa potencia se transformara en poder político. Esa fuerza social no se transformó en poder político porque los piqueteros no han consentido que los políticos los representaran, acaso la consigna piquetera no es: "Que se vayan todos". ¿A cuántos políticos hemos escuchado explicar qué quería decir la consigna piquetera? ¿Alguno nos dijo que un grupo de ciudadanos los ha puesto a ellos ante la posibilidad de desaparecer?

¿Esto quiere decir que la aspiración de los piqueteros es simétrica respecto de la de los militares y policías? No, terminantemente no. El piquetero se enfrenta al político con su consigna pero acepta sentarse a dialogar con los políticos. El piquetero se enfrenta con los automovilistas pero sabe que ellos no son sus enemigos y por ello dejan una senda libre por la cual se puede circular. El piquetero se enfrenta con el policía pero sabe que él no es el enemigo a derrotar de allí que hemos sabido de alguien que apoyó los piquetes y era policía y los piqueteros no lo asesinaron, ni lo golpearon por eso. Los piqueteros parecen haber descubierto que es esto de convivir en una sociedad conservadora, intolerante y discriminadora y cómo hacer para luchar en lo simbólico. ¿Qué es esto? Un mundo donde la injusticia puede desaparecer, pero no haciendo desaparecer a los injustos; donde la política (tal como se la practica hoy) puede desaparecer, pero no haciendo desparecer a todos los políticos; donde la indiferencia que produce la velocidad puede desaparecer pero no haciendo desaparecer a todos los automovilistas. Esto es lo que descubrieron los piqueteros, ojalá se haga extensivo a toda la sociedad.-

 

Del sitio: http://www.palalbedrio.com.ar/index.htm

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