09 de Abril de 2006
Publicado en Página 12 http://www.pagina12.com.ar
Por Horacio Verbitsky
“Ustedes son comunicadores y se les plantea este desafío de la
projimidad: hacerse prójimo para que .a través de esa comunicación de
cercanía. se implante la verdad, la bondad, la belleza, que trascienden
la coyuntura y la espectacularidad y que, mansamente, siembran
humanidad en los corazones”. Cardenal Jorge Mario Bergoglio, ante la
Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas (ADEPA).
Luego de leer la nota del domingo pasado sobre el asesinato
del obispo Carlos Ponce de León, un actual ministro que hizo su carrera
política en San Nicolás le preguntó al autor quién era el jefe militar
de La Rioja cuando mataron a Angelelli.
–Pérez Battaglia.
–Me lo imaginaba. Era de San Nicolás, un petiso pelado que se hacía el
malo. En esa época viajaba todos los fines de semana a San Nicolás,
donde tenía a la familia –dijo el funcionario.
El coronel Osvaldo Héctor Pérez Battaglia era jefe del Batallón
riojano, mientras el Batallón de San Nicolás era conducido por el
teniente coronel Manuel Fernando Saint Amant. Pérez Battaglia murió
hace seis años, pero Saint Amant vive y en los próximos días deberá
responder ante la justicia por otro caso que vincula La Rioja con San
Nicolás: la desaparición forzada de María Cristina Lanzilloto y Carlos
Benjamin Santillán. Los restos de la riojana Lanzilotto fueron
identificados esta semana por el Equipo Argentino de Antropología
Forense.
Nacido en la Capital Federal en 1926, Pérez Battaglia egresó del
Colegio Militar en uno de los últimos puestos de la promoción 78 (su
orden de mérito fue 242, sobre 246), cuyos integrantes llegaron al
comando de unidades en torno del golpe militar de 1976. Pérez Battaglia
es un nicoleño por adopción. En su primer grado militar, en 1950, fue
designado jefe de la sección de zapadores motorizados de San Nicolás.
Allí conoció a la veinteañera María Teresa Pérez, una nativa de esa
ciudad industrial, con la que se casó y tuvo dos hijos: Teresita nació
en 1953 y Jorge en 1957. Ascendido a teniente, en 1954 consiguió una
nueva designación en la ciudad de sus afectos, esta vez como jefe de
pontoneros zapadores. Entre 1970 y 1975 estuvo destinado en Rosario, a
70 kilómetros de San Nicolás. Esta proximidad le permitió mantener el
contacto con su familia. Los compañeros de promoción de su hijo en la
Escuela Normal de San Nicolás fueron invitados a visitar el Comando del
Cuerpo II y almorzaron en su casino de Oficiales, en la casona de
Córdoba esquina Moreno, frente a la Facultad de Derecho.
Vidas paralelas
En agosto de 1968 Pablo VI designó a Enrique Angelelli al frente de la
diócesis riojana. Allí promovió la creación de sindicatos de
mineros,peones rurales y empleadas domésticas, de cooperativas de
trabajadores para fabricar tejidos, ladrillos, relojes, pan y para
poner a producir los latifundios ociosos. Una de esas cooperativas
reclamaba la expropiación de un latifundio, propiedad de un usurero que
se había ido apropiando de los pequeños fundos de sus deudores y que
consumía el 70 por ciento del agua de la zona. Durante la campaña
electoral de 1973, el candidato Carlos Menem prometió que entregaría el
latifundio a la cooperativa y lo reiteró luego de asumir la
gobernación. Angelelli se sintió confiado y el 13 de junio de 1973
viajó al pueblo natal de Menem, Anillaco, para presidir las fiestas
patronales de San Antonio. Lo recibió una algarada conducida por un
grupo de comerciantes y terratenientes. Entre ellos estaban el hermano
del electo gobernador, Amado Menem, y sus hijos César y Manuel Menem,
quienes junto a otros propietarios se habían sublevado contra el
obispo. Ante la pasividad policial, manifestaron frente al templo,
declararon a Anillaco Capital de la Fe e irrumpieron por la fuerza en
el templo y la casa parroquial. Cuando Angelelli se retiró luego de
suspender las celebraciones religiosas, lo corrieron a pedradas.
Arguyendo la intranquilidad social, Menem retiró su apoyo a la
cooperativización del latifundio. Angelelli atribuyó la agresión a un
sector que procura .el mantenimiento de sus privilegios” y mencionó a
los grupos Cruzada Renovadora de Cristiandad y Tradición Familia y
Propiedad. También suspendió las ceremonias litúrgico-sacramentales en
todos los templos de la parroquia. Los sacerdotes riojanos habían
pedido la excomunión de los Menem y sus acompañantes, pero Angelelli
prefirió una sanción menos drástica y los declaró “incursos en
entredicho personal”, lo cual los privaba de asistir a celebraciones
religiosas y recibir los sacramentos sólo en forma temporaria.
Renuncias
El superior general de los Jesuitas, Pedro Arrupe, y el arzobispo de
Santa Fe, Vicente Zazpe, visitaron La Rioja donde respaldaron a
Angelelli. Arrupe dijo que Angelelli seguía las opciones del Concilio y
del Papa. Zazpe llegó como auditor enviado por la Santa Sede luego de
que Angelelli ofreciera su renuncia al Consejo Presbiteral y pidiera a
Pablo VI que le ratificara o retirara la confianza. Los entredichos le
exigieron la remoción de Angelelli, mientras desde un altoparlante se
difundían marchas militares. Todos los sacerdotes de la diócesis salvo
tres se reunieron con Zazpe y le dijeron que los poderosos manoseaban
la fe para “mantener una situación injusta y opresora del pueblo” y
aprovechar “la mano de obra barata y mal pagada”. El presidente de la
Conferencia Episcopal, Adolfo Tortolo, sostenía que el Episcopado no
debía mediar en los problemas riojanos (lo cual implicaba poner en un
pie de igualdad al obispo y a los rebeldes) y el Nuncio Lino Zanini
apoyó a los sancionados, a quienes obsequió con sendos crucifijos. Al
concluir su inspección Zazpe concelebró la misa con Angelelli en la
catedral y proclamó que la diócesis riojana era una servidora de los
pobres como habían pedido el Concilio y Medellín y que su pastoral “es
la pastoral de la Iglesia universal”. Uno de los sancionados le dijo
que Angelelli “se va por las buenas o por las malas, y si no es por las
malas será lo peor”. Durante una visita a la base aérea de Chamical, en
La Rioja, el provicario castrense Victorio Bonamín dijo que el pueblo
había cometido pecados que sólo podían redimirse con sangre. Ése era el
clima en noviembre de 1975, cuando Pérez Battaglia asumió como jefe del
Batallón de Ingenieros en Construcciones 141, con sede en la ciudad
capital de La Rioja.
Comunicado número uno
El 12 de febrero de 1976, el Ejército arrestó al vicario general de la
diócesis de La Rioja, Esteban Inestal, y a dos jóvenes del
MovimientoRural diocesano. Uno de los oficiales les dijo que Juan XXIII
y Pablo VI habían destruido la Iglesia de Pío XII, que los documentos
de Medellín eran comunistas y que la Iglesia riojana estaba separada de
la Iglesia argentina. Angelelli ofreció una vez más su renuncia a la
Conferencia Episcopal. Durante la inauguración del curso lectivo en la
base aérea de El Chamical, el vicecomodoro Lázaro Aguirre interrumpió
la homilía que pronunciaba Angelelli sobre la responsabilidad social de
los cristianos:
–Usted hace política –le gritó. Angelelli suspendió los oficios religiosos en la capilla de la base.
Como jefe de la Guarnición militar de La Rioja, el 24 de marzo de 1976
Pérez Battaglia fue designado interventor federal en la provincia y
encarceló al gobernador Menem. A su cargo quedó el Area de Seguridad
314. Pérez Battaglia fue así el responsable político y militar de la
provincia. De él dependían todas las fuerzas militares y de seguridad
(Ejército, Fuerza Aérea, Policía Federal y provincial, Gendarmería),
entre ellas los Comandos Operacionales Tácticos. También la justicia le
fue subordinada. “Intenté presentar un habeas corpus, pero el juez
federal Roberto Catalán dijo que esperaba instrucciones del jefe del
Batallón 141, Osvaldo Pérez Battaglia”, declaró un testigo ante la
Comisión Provincial por los Derechos Humanos que se creó en La Rioja al
concluir la dictadura, en 1985. Al regresar de un viaje, la valija de
Angelelli fue violentada en la oficina de Aerolíneas Argentinas en La
Rioja. En una carta a su amigo Héctor Bertaina (reproducida por Luis
Miguel Baronetto en un libro sobre “Vida y martirio de monseñor
Angelelli”) el obispo dijo que ello ocurrió por orden de Pérez
Battaglia. También escribió que el militar lo trataba en forma grosera
y lo llamaba “llorón” cuando reclamaba. Angelelli viajó a Córdoba para
apelar ante el jefe de Pérez Battaglia, el jefe del Cuerpo III, general
Luciano Menéndez. Para mayor seguridad, pidió que lo acompañara el
cardenal Raúl Primatesta. Menéndez le contestó en forma muy seca:
–El que tiene que cuidarse es usted.
Estaciones del Calvario
En la primera reunión plenaria del Episcopado después del golpe, en
mayo, Angelelli usó un ayuda memoria de 37 puntos, que llamó estaciones
del Calvario riojano. Cada uno detallaba una agresión contra el obispo
o sus sacerdotes. Incluía el allanamiento y clausura de una casa
parroquial, la detención de sacerdotes y seminaristas, la demora y
detención de religiosas, la prohibición de celebrar misa en la cárcel,
la transmisión radial de la misa celebrada por el capellán militar
Mario Pellanda López, en el Batallón que comandaba Pérez Battaglia,
pero no la del obispo en la Catedral; la requisa de equipajes y
documentos a los participantes de los ejercicios espirituales, la
requisa al propio obispo en el santuario popular del Señor de la Peña,
la detención e interrogatorios coercitivos a laicos por su contacto con
la Iglesia riojana, las cesantías y despidos de personas vinculadas con
la Iglesia, etc.
En apoyo de Angelelli, el obispo de San Nicolás, Carlos Ponce de León,
contó que en su diócesis además de la detención de sacerdotes se habían
producido allanamientos a parroquias y casas religiosas. Se vivía un
“clima de terror”. A los sacerdotes detenidos se los interrogaba sobre
el obispo. Uno de ellos, el salesiano López Molina, fue maltratado.
También denunció ataques violentos a algunas casas con el objeto de
robar. El propio Ponce de León había estado presente en un allanamiento
y fue sometido a humillaciones. También se pegaron afiches contra la
Iglesia en los que se reclamaba la .defenestración. del obispo.
El 13 de junio, al cumplirse el primer aniversario del tumulto que
corrió a Angelelli de Anillaco, los terratenientes celebraron el “Día
de la Defensa de la Fe”, con el apoyo de Pérez Battaglia, quien
organizó allí undesfile militar. El sacerdote Carlos Murias dijo en una
homilía que podrían acallar la voz del obispo pero no la de Jesús. El
18 de julio a las nueve y media de la noche, fue secuestrado junto con
el sacerdote Gabriel Longueville de la casa religiosa donde vivían. El
20 por la tarde un empleado ferroviario encontró los cadáveres de ambos
sobre una vía, maniatados, con restos de cinta adhesiva y algodón en la
boca. Uno de ellos había sido mutilado y la autopsia indicó que había
padecido una muerte lenta. Los cuerpos estaban cubiertos por mantas del
Ejército y junto a ellos había una lista con nombres de sacerdotes.
Pérez Battaglia prohibió que se publicara el comunicado del obispo y
hasta el aviso fúnebre que informaba del asesinato. En cambio firmó un
comunicado en el que, ante denuncias sobre desaparición de personas,
anunciaba más operaciones para “erradicar definitivamente de la
provincia a los delincuentes subversivos e ideológicos”.
Reunido con sus sacerdotes, Angelelli dibujó una espiral que se cerraba
y señaló el centro. “Buscan un copete colorado. Ahora me toca a mí”.
Los vicarios zonales le sugirieron que se alejara por un tiempo, pero
se negó. El 4 de agosto de 1976 cerró su informe sobre la situación con
la frase “poseo otros datos que por prudencia no debo escribir” y
emprendió viaje a La Rioja con el sacerdote Arturo Pinto. Salieron
después del almuerzo una vez que Pinto revisó el auto. El obispo iba al
volante. A las tres de la tarde en el camino entre El Chamical y La
Rioja fueron seguidos por otro vehículo, un Peugeot 404 claro, que los
pasó y los encerró. Según Pinto “se produjo como una explosión. Y a
partir de ese momento no recuerdo más nada”.
El primer médico que lo atendió dijo que, inconsciente, Pinto
murmuraba: “los papeles, apúrese que nos alcanzan”. La camioneta dio
varios tumbos. El cuerpo de Angelelli fue hallado a veinticinco metros
del vehículo, cara al cielo, con los brazos extendidos hacia atrás,
descalzo y con la piel de los talones raspados, pero sin marcas
similares en el rostro o la calva. Según la justicia los autores
arrastraron el cuerpo luego del vuelco. Un camionero vio el cuerpo
“ubicado con llamativa prolijidad, derecho, sin magulladuras ni
hematomas” cuando “toda persona que es despedida de un vehículo cae
como desparramada, desarticulada”. La misma impresión transmitió el
primer sacerdote que llegó al lugar y encontró el cuerpo rodeado de
policías y militares que empuñaban armas largas. “Me daba la impresión
de que lo habían sacado del auto, liquidado y arrastrado hasta ahí,
porque tenía las manos hacia atrás. En un accidente uno se enrolla
todo, se defiende. No, estaba bien estirado.” La autopsia indicó como
causa de muerte fractura de cráneo con pérdida de masa encefálica pero
la ropa del obispo no mostraba desgarraduras. Pérez Battaglia llamó por
teléfono al director del diario El Independiente, Américo Torralba y le
ordenó:
–Hay que publicar que fue un accidente por el reventón de la goma trasera.
Un sacerdote que llegó a poco del vuelco intentó retirar el maletín, la
carpeta y las pertenencias de Murias y Longueville que Angelelli
llevaba consigo, pero los militares se lo impidieron. El teléfono sonó
en el despacho del ministro del Interior. El general Albano
Harguindeguy escuchó a su interlocutor. “Su cara se iluminó con una
sonrisa”, narró el ex ministro de Defensa José Antonio Deheza, quien lo
visitaba para pedirle la libertad de dirigentes peronistas detenidos.
Igual que en el caso de los palotinos asesinados un mes antes en la
iglesia de San Patricio, los papeles que llevaba Angelelli llegaron al
despacho de Harguindeguy en una carpeta que decía “Confidencial”.
Cuando las cosas que llevaba el obispo fueron devueltas a la Curia,
cinco días después, era evidente que habían sido revueltas. El informe
sobre el asesinato de los curas del Chamicalapareció no en el maletín
sino en la valija con ropas, el orden de las fojas había sido alterado
y había tildes en algunas de ellas.
La prudencia
de las serpientes
La noche del 4 de agosto de 1976, camiones de asalto con tropas
ocuparon las entradas de la Catedral riojana. Se proponían allanar el
dormitorio de Angelelli y detener a los fieles que se aproximaron al
conocer la noticia de su muerte. Cerca de medianoche, luego de largas
discusiones entre sacerdotes y militares, se abrieron las puertas y
grupos de personas cantaron y rezaron. El 6 de agosto, luego de la misa
concelebrada ante el cuerpo de Angelelliy de su entierro, el nuncio Pío
Laghi, Primatesta y Zazpe hicieron una visita protocolar a Pérez
Battaglia, quien les aseguró que se había tratado de un accidente.
Según el obispo Oscar Justo Laguna, en un primer momento Laghi lo
creyó, hasta que entró en dudas y terminó convencido de que había sido
asesinado. Laghisostiene haber presentado una enérgica protesta a las
autoridades:
–Deben demostrarme que sucedió lo contrario de lo que yo supongo –dice que dijo.
En su primera edición posterior a la muerte de Angelelli, el diario
vaticano L’Osservatore Romano presentó el caso como un “extraño
accidente”. Pero el cardenal Juan Carlos Aramburu declaró que “no había
pruebas concretas para hablar de un crimen” y no se produjo la esperada
protesta vaticana. Sin embargo la biografía oficial del nuncio es
hipercrítica con Angelelli, a quien vincula con “los extremismos que
proponía la Teología de la Liberación”. Para ello Laghi y sus
colaboradores, Laguna y Jorge Casaretto, fuerzan los hechos. Los
autores sostienen que Pablo VI dio orden de que no se tomaran fotos
para no “inmortalizar” la última visita del “incómodo” obispo riojano
al Papa, debido a sus “heterodoxias doctrinales”. No es así. Pablo VI
se fotografió en el gesto afectuoso de tomar la mano de Angelelli el 7
de octubre de 1974 en el Vaticano. Esa imagen ilustra la biografía del
obispo asesinado escrita por el domínico Luis O. Liberti.
Tres días después del entierro de Angelelli, la Conferencia Argentina
de Religiosos dirigió un angustioso llamado a Primatesta en busca de
protección. Primatesta respondió que los obispos habían elegido ser
“prudentes como las serpientes” porque estaban convencidos de que “hay
tempus loquendi y tempus tacendi”. Tempus tacendi quiere decir tiempo
de callar. Ese mandato se mantuvo a lo largo de las décadas. Fueron los
obispos Jaime de Nevares, Jorge Novak y Miguel Hesayne, junto con
Adolfo Pérez Esquivel y Emilio Mignone, quienes aun durante la
dictadura presentaron la denuncia por el asesinato de Angelelli, que la
justicia riojana dio por probado el 19 de junio de 1986. El juez Aldo
Morales sentenció que se había tratado “de un homicidio fríamente
premeditado”. Cuando el juez dirigió un exhorto a Primatesta,
inquiriendo si conocía algún elemento que pudiera vincularse con la
muerte de Angelelli, el cardenal respondió secamente que no. El
Episcopado sigue sin asumir lo sucedido. En una declaración emitida en
2001 aun sostiene que Angelelli “encontró la muerte” y que “la muerte
lo encontró” y se abstiene de mencionarlo como mártir. Hesayne replicó:
“Tenemos más pruebas de su martirio que del de muchos mártires de los
primeros siglos del cristianismo”.
Que parezca un accidente
Angelelli fue asesinado en la ruta el 4 de agosto de 1976; Ponce de
León el 11 de julio de 1977. En ambos casos se simularon accidentes
carreteros. Durante su desempeño al frente de la guarnición riojana,
Pérez Battaglia viajaba los fines de semana a San Nicolás. Durante los
primeros años de sucarrera militar alquilaba un departamento en Malabia
2200 de la Capital Federal. Pero luego se construyó una casa en San
Nicolás, donde vivía su familia. No era un hombre que pasara
inadvertido. Los socios del Club Belgrano recuerdan su irrupción,
pistola a la cintura, para amenazar a un grupo de muchachos que habían
fastidiado a su hijo. En esos viajes, Pérez Battaglia confraternizaba
con el jefe del Batallón de Ingenieros de San Nicolás, el teniente
coronel Saint Amant, quien se había hecho cargo de esa unidad en
diciembre de 1975. Se conocían desde la adolescencia. Cuando Saint
Amant ingresó al Colegio Militar, en marzo de 1948, Pérez Battaglia
cursaba el último año y fue su jefe de sección en la Compañía de
Ingenieros. Este ascendiente de un superior sobre su subordinado se
mantiene a lo largo de toda la carrera. Había, además, otras
afinidades. Igual que Pérez Battaglia en La Rioja, Saint Amant se
vinculó con los sectores integristas de la Iglesia nicoleña, los
Legionarios de Cristo Rey y Tradición, Familia y Propiedad, y comenzó a
hostigar al obispo Ponce de León y a sus presbíteros. Cuando Ponce de
León intercedió por varias personas desaparecidas, el militar le
respondió:
–Sí. Yo los detengo. ¿Y qué? Voy a hacer desaparecer a todos los que
están con usted, y a usted todavía no puedo porque es obispo.
Saint Amant llamaba a Ponce de León “obispo rojo”. Su primer informe al
jefe del Cuerpo I, Carlos Suárez Mason sobre la denominada lucha contra
la subversión en San Nicolás, estuvo dedicado a Ponce de León, contra
quien propuso operar. Según la doctrina católica, escribió, el obispo
es sucesor directo de los Apóstoles, la unión con la Iglesia se hace
mediante la unión al obispo y fuera de la Iglesia no hay salvación. Los
católicos que se cuestionan la actuación del obispo “piensan que ponen
en juego su salvación eterna”. Por eso “hace falta lucidez intelectual
y cierto coraje para entender que un obispo es traidor a la Iglesia, y
para obrar sin el respeto que la doctrina enseña para con el sacerdote
cuando éste está destruyendo su Patria y su fe”. No sería posible tener
éxito en la lucha contra la subversión “si no se erradican los males
expresados”, decía.
Retirado en 1981, Pérez Battaglia se radicó en San Nicolás. Su hija
Teresita se casó con el cardiólogo Roberto Fernández Viña, quien ahora
es Concejal justicialista. En 1991 y 1992, Pérez Battaglia llegó a ser
gobernador del Distrito 5 del Club de Leones, con cabecera en San
Nicolás. Su lema era “Por un leonismo sincero, fraterno y solidario”.
Allí cultivó algunas amistades más liberales con profesionales y
empresarios muy conocidos en San Nicolás, como Bonelli, Scaglia y
Ondarchu. Pérez Battaglia murió hace seis años.
Saint Amant se retiró en 1992. La semana pasada, el juez federal de San
Nicolás, Carlos Villafuerte Ruzo, inspeccionó en compañía del ministro
de Justicia de la provincia de Buenos Aires, Eduardo Di Rocco, el campo
clandestino de concentración que funcionó en la Unidad Penal 3 de esa
ciudad. Dos ex agentes penitenciarios declararon que allí estuvo
detenido el matrimonio formado por la riojana María Cristina Lanzilloto
y el santiagueño Carlos Benjamin Santillán, dos militantes del PRT-ERP,
quienes fueron torturados por personal policial y del Ejército en ese
lugar, que Saint Amant visitaba con frecuencia. La semana pasada, el
Equipo Argentino de Antropología Forense identificó los restos de la
mujer. Su hermana, la dirigente de Abuelas de Plaza de Mayo Alba
Lanziloto, dejó La Rioja en julio de 1976 para escapar de la
persecución de Pérez Battaglia. Ahora es querellante en la causa
“Alvira, María Cristina y otros” donde también se investiga la
desaparición forzada y torturas de un grupo de la Juventud Peronista,
vinculado con la diócesis de San Nicolás y el Colegio Don Bosco y que
podría culminar con la detención de Saint Amant.
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